miércoles, 22 de diciembre de 2010

75. Los intereses creados

Una de las novedades teatrales que más éxito está cosechando esta temporada es Los intereses creados  de Jacinto Benavente, dirigida por José Sancho y producida por el Centre Teatral de la Generalitat Valenciana. Con un reparto enteramente valenciano encabezado por el archiconocido actor ya citado, los "muñecos" del Premio Nobel de 1922 cobran vida y presentan ante el público la historia de Crispín y su señor Leandro, dos aventureros pícaros que llegan a una ignota ciudad italiana huyendo de la justicia y sin más medios para subsistir que las artimañas del avispado criado. Éste hace ver a los ciudadanos que Leandro es un noble importantísimo y, poco a poco, consiguen subsistir. En sus planes para medrar se incluye el objetivo de concertar el matrimonio de  Leandro con Silvia, hija del adinerado señor Polichinela; mas los jóvenes se enamoran perdidamente y Crispín ve peligrar sus propósitos pues su señor se niega a engañar a su amada. Los dos aventureros son descubiertos, pero salen airosos de la farsa gracias a los intereses que habían creado en el resto de personajes. Queda demostrada así la tesis que Crispín defiende en la obra: "Para salir adelante con todo, mejor que crear afectos es crear intereses".  Se podría pensar, por tanto, que Benavente escribió una pieza cargada de crítica hacia las clases sociales acomodadas que se preocupan por las apariencias y por su posición económica, desprovistas de altruismo ni generosidad, movidas únicamente por "cordelillos groseros, que son los intereses", pero al final triunfa el amor como un sentimiento regenerador, capaz de hacer al hombre más humano y casi divino. Quizás con esta mezcolanza de crítica y sentimientos profundos consiguiese mantener el beneplácito de ese buen gusto burgués que tanto aplaudía sus producciones.
Por otra parte, la puesta en escena está muy cuidada. Destaca el vestuario, diseñado por Francis  Montesinos, quien ha combinado el estilo del siglo XVII con alegres colores  y originales estampados con los que ha intentado traer "a Benavente hacia el Mediterráneo". La interpretación de los actores también merece ser aplaudida, pues casi todos actúan con corrección. Sobre todos ellos destaca José Sancho, gran actor que da vida a Crispín -personaje al que el dramaturgo parecía tenerle un gran afecto pues él mismo lo interpretó en Valencia, en un homenaje que las autoridades del Frente Popular le prepararon durante la Guerra Civil- .
La pieza fue estrenada en octubre en el Teatro Rialto de Valencia y el éxito ha sido tan rotundo que unos 20 mil espectadores han podido disfrutar ya de las aventuras de Crispín y Leandro. La historia se repite, pues tras el estreno de Los intereses creados  en el Teatro Lara de Madrid en 1907, su autor fue llevado a su domicilio por un entregadísimo público que celebraba su buen hacer teatral. La versión actual sigue la estela de los triunfos de principios del siglo pasado y "sin tocar una coma del texto" se demuestra que Jacinto Benavente está más vivo que nunca.

domingo, 19 de diciembre de 2010

74. Gil de Biedma: luces y sombras

Confieso que yo quería hacer un artículo bonito sobre Gil de Biedma en este 2010 que conmemora el décimo aniversario de su muerte. Se trataba, simplemente, de releer su poesía completa, recogida en Las personas del verbo y acercarme también al hombre, a través de la biografía que preparase Miguel Dalmau en 2004. Y tanto he tardado en decidirme, que casi se me pasa el año de la efeméride. Y es que yo quería hacer un artículo bonito sobre Gil de Biedma. Y, tras muchos meses, no he podido, o no he sabido.

Bastaba con que Gil de Biedma pasara a la historia de la literatura como un buen poeta, renovador y principal valedor de las nuevas tendencias de la poesía española en la segunda mitad del siglo XX. Pero no. Tenía que pasar como mito, como leyenda, rodeado desde siempre, en vida y tras su muerte, por esa aureola protectora que todavía persuade y, lo que es peor, convence como dogma de fe, de las supuestas indiscutibles virtudes del poeta. Con Gil de Biedma pasa como con esos otros poetas tocados por el “malditismo” literario. Aunque su obra no resulte del todo satisfactoria, se engrandece y exagera merced a una vida original, disoluta, transgresora, bohemia, provocadora. Es lo que le ocurre a Leopoldo María Panero, la lectura de cuyos poemas resulta insufrible pero que cuenta con el culto de muchos por el mero hecho de haber pasado por un sanatorio mental, situación que ha acrecentado la visión de iluminado que se tiene de él. Y es que hay poetas que son intocables. Últimamente Sánchez Dragó se ha convertido en un renegado social tras hacer públicos sus escarceos sexuales con unas menores japonesas; pero nadie le reprocha a Gil de Biedma lo propio con menores filipinos durante su estancia en aquel país con motivo de los negocios de la empresa tabacalera de su padre. Y uno de sus poemas más hermosos, el “Himno a la juventud”, está inspirado en la hija de Carlos Barral, Yvonnette, “que a los 12 años eran una nínfula no sólo capaz de poner cachondo a Nabókov, sino incluso a un cadáver”. Gil de Biedma cultivó la poesía social y, para ello, renegó de la clase a la que pertenecía, como si para él fuera un cargo de conciencia pertenecer a ella (“a vosotros pecadores/como yo, que me avergüenzo/de los palos que no me han dado,/señoritos de nacimiento/por mala conciencia escritores de poesía social”) pero nunca abandonó sus costumbres aristocráticas y despreciaba a quienes no se comportaban upper class como él mismo decía, copiando la expresión de una obra de Mitford; quizá los que no eran upper class no habían tenido la posibilidad de acceder a una educación como él, pero parece que eso se escapaba a su “conciencia” social. Hasta el gran filósofo comunista Manuel Sacristán rechazó el ingreso de Gil de Biedma en el Partido por su frivolidad elitista. Su producción poética es, además, escasa. Eso se puede perdonar en Garcilaso pero tengo mis dudas sobre la calidad de esa poesía de la experiencia que muchos sobrevaloran y que, salvo algunos ejemplos francamente felices, no es más que prosa con pinta de verso que reproduce la trivialidad sin atisbo de emoción lírica.

Pero resulta que un día en Víznar, visita junto a unos amigos un palacio abandonado; alguien suelta unos perros porque cree que han entrado ladrones y todos huyen despavoridos entre risas; ya a salvo, Gil de Biedma dice: “¿Os habéis fijado? Las hojas secas del jardín sonaban con un tono metálico bajo los zapatos”. Es el poeta puro despojado del molesto prurito. Y resulta que veo a Gil de Biedma debatiéndose entre la poesía redentora y el instinto oscuro que le enferma y le anula; y resulta que hay poemas donde late el alma verdadera de su drama. Y es entonces cuando me planteo que, tal vez, soy incapaz de no querer a mis poetas, pese a todo.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

73. Me llamo Rojo

Mi primer acercamiento a la literatura turca ha sido a raíz de visitar Estambul este verano. Creo que es una buena costumbre leer obras relacionadas con la ciudad que se va a visitar, pues, en muchas ocasiones, nos ayudan a comprender mejor la idiosincrasia de cada lugar. En este sentido, Me llamo Rojo ha supuesto un buen complemento para mi viaje pues refleja perfectamente el contraste que predomina en la ciudad, esa puerta que separa Oriente de Occidente, el país que aspira a ser Europa pero que mantiene su esencia oriental y legendaria. La novela  gira en torno a la investigación del asesinato de Maese Donoso, un miniaturista que trabaja en un libro que el sultán Murad III ha encargado para impresionar al Dux de Venecia. La peculiaridad de este encargo es que los ilustradores trabajarán siguiendo el estilo de los francos, alejándose, por tanto, de los modelos tradicionales de Shiraz y Herat. Este atrevimiento supone una grave ofensa al Islam, que prohíbe la representación figurativa. Parece que el Sultán ha sucumbido a los gustos occidentales y desea ser retratado siguiendo el principio de verosimilitud. En torno a este núcleo argumental subyacen otros muchos temas que gozan de vigencia absoluta en la Estambul del siglo XXI. Por ejemplo, el fanatismo religioso representado por el predicador de Erzurum, que difunde entre la población el miedo al pecado y condena la pintura, la danza de los derviches o un acto tan baladí como tomar café. Sus sermones calan en la población y en algunos de los ilustradores que trabajan en el secreto encargo,  que ven cómo se genera en su interior un grave dilema: ¿pueden usar la perspectiva, pueden representar la realidad tal y como la ven los ojos, pueden tener un estilo propio? He aquí el reflejo de la confrontación de culturas pues, por un lado, admiran la pintura de los occidentales y sus técnicas y, por otro, tienen miedo de alejarse de sus modelos tradicionales puesto que "el retrato era el mayor pecado y con él se acabaría la pintura musulmana". Asimismo, en este lienzo de Pamuk tiene cabida también el tema amoroso encarnado en Sekure y Negro, hija y sobrino respectivamente de Tío -personaje que recibe el encargo del Sultán y coordina a los ilustradores-.
La novela se presenta, desde mi punto de vista, como una metáfora del choque de civilizaciones que vive Turquía a través de un profundo amor a la pintura, pues en sus páginas Orhan Pamuk da a conocer al lector las claves de este arte tan noble a través de bellas descripciones -en ocasiones demasiado prolijas- como la de la leyenda de Hüsrev y Sirin.
Por otra parte, nos encontramos ante una narración coral en la que en cada capítulo se da voz a un personaje distinto e, incluso, a los objetos y animales que se están retratando en el libro. Se trata de un planteamiento original que ofrece al lector una visión global de la historia y, en ocasiones, sorprendente tal y como sucede en el primer capítulo en el que se escuchan las palabras del asesinado: "Ahora estoy muerto, soy un cadáver en el fondo de un pozo. Hace mucho que exhalé mi último suspiro y que mi corazón se detuvo pero, exceptuando el miserable de mi asesino, nadie sabe lo que me ha ocurrido".
En definitiva, Me llamo Rojo es una novela de intriga y de amor pero, sobre todo, de reflexión sobre la dicotomía entre Occidente y Oriente que vive Turquía. Este compromiso reflexivo fue uno de los motivos que llevaron a Orhan Pamuk a recibir el Premio Nobel en el año 2006, puesto que "ha encontrado nuevos símbolos para reflejar el choque y la interconexión de las culturas".

domingo, 12 de diciembre de 2010

72. El informe PISA y la lectura

Esta semana he leído con gran sorpresa, y todavía mayor alarma, las reacciones que desde diferentes medios de información y sectores de la Administración pública han suscitado los resultados del informe PISA, que evalúa el rendimiento académico de nuestros estudiantes. Mi asombro procede de la relativa indolencia y, casi diría optimista satisfacción, con que se han recibido dichos resultados.
Muchos titulares se recreaban en la supuesta mejoría que los datos del informe arrojan acerca de las aptitudes de los alumnos; y esa mejoría parece bastar a muchos para persuadirse a sí mismos de que el problema de nuestras aulas no es tan grave como parece. Nadie discute que cualquier avance en materia de educación sea positivo pero, como se suele decir, los árboles debieran también dejarnos ver el bosque. De todos modos, bien mirado, todo esto no tendría que extrañarnos tanto. No es más que la actitud que hace ya mucho tiempo, demasiado tiempo, reproduce nuestra sociedad ante los grandes problemas, ese conformismo abúlico que, lejos de perseguir la excelencia, se resigna a la mediocridad y la da por buena. En nuestros centros educativos pasa lo mismo. Hoy en día, los criterios de evaluación han pasado de la exigencia a la sistemática y mezquina concesión. El alumno no llega a los mínimos exigibles de la etapa pero “es voluntarioso, no molesta, está calladito y, al menos, no da problemas”. Y se le aprueba y se le promociona y llega a la universidad (nunca la universidad había sido el cubil de tanta alimaña intelectual como hoy) y, quién sabe, hasta podrá llegar a ser el profesor que perpetúe la podredumbre.

En Cataluña, el “conseller” de Educación, Ernest Maragall, destaca, a la luz de los datos del informe PISA, que éste “es el mejor anuncio posible contra los tópicos del fracaso escolar”. No importa que en la mayoría de competencias, los estudiantes sigan por debajo de la media europea. Y, en un ejercicio de autocomplacencia, erige al Departamento de Educación como el gran adalid de las mejoras en competencia lectora, gracias a los ejercicios prescriptivos que obliga a realizar en el sexto curso de Educación Primaria. No será gracias a esos ejercicios, no. Para que ustedes se hagan una idea del nivel de las actividades de comprensión lectora a las que se refiere nuestro “conseller”, las preguntas que el alumno deber responder sobre un texto dado se encuentran explícitamente en el mismo texto; es decir, si en el texto dice que “Juanita llevaba puesto en el pelo un lazo rosa”, la pregunta a resolver es: “¿De qué color era el lazo que llevaba puesto Juanita en el pelo?”. Es como preguntar por el color del caballo blanco de Santiago. No obliga al alumno a deducir, a leer entre líneas, a relacionar, a interpretar. Esas actividades no son más que una estrategia política para, una vez corregidas, proclamar a los cuatro vientos que no hay problemas, que los alumnos son unos ases en comprensión lectora. Ese mangoneo político de la imagen pone bajo sospecha, incluso, a la propia Selectividad. Se dice que la dificultad de los exámenes de Lengua Catalana en las PAU es superior a las de Lengua Castellana y, una parte del profesorado está por reconocer que se trata de una estrategia política para acallar las voces de quienes opinan que el castellano recibe poca atención en las aulas y justificar la feroz inmersión al catalán que es hoy su política lingüística. Si los resultados de Castellano son buenos y los de Catalán no lo son tanto, la estadística es el mejor aval para prolongar el sistema. Y es que educación y nacionalismo van de la mano en Cataluña. Lo importante del informe PISA no son sus pésimos resultados, sino que colocan a Cataluña por encima de la media del resto de España. Y con eso comemos. Hace falta una pildorita de Vargas Llosa para esa “religión provinciana de corto vuelo, excluyente”.

domingo, 5 de diciembre de 2010

71. Fanny Rubio: el dintel del nombre

La palabra es patrimonio de todos. Pero es en la voz de los poetas cuando la palabra se sublima. Atrás quedan las viejas disputas sobre si la palabra poética debe sólo cumplir con su función informativa o, además, debe exigírsele la virtud de producir arrobamiento en quienes la recogen. La palabra, por más que se empeñen quienes quieren ver en ella sólo un sentido práctico, útil, adquiere siempre en poesía una dimensión que trasciende la pura denotación. Da igual que hablemos de poesía social, cuyo contenido coyuntural precisa del “aquí” y del “ahora” y parece negar los virtuosismos accesorios; da igual que hablemos de la poesía de la experiencia, tan cercana a la cotidianeidad y, por lo mismo, tan próxima a lo conversacional. Y, por supuesto, quedan ya obsoletas las antiguas dicotomías entre conceptismo y culteranismo o modernismo y noventayochismo, marbetes que sólo se sostienen todavía por una acomodaticia sistematización escolar. Todos los poetas, en mayor o menor medida, necesitan que su mensaje esté cimentado sobre la arquitectura cincelada de la palabra.

Por eso no nos extraña que, probablemente en la novela más lírica de Fanny Rubio, El dios dormido (Alfaguara, 1998), la palabra sea la piedra angular de la trama narrativa, y no sólo por el uso estético que de ella se hace, sino porque la palabra misma es la principal protagonista de la novela. Ésta narra, en boca de María Magdalena, los 3 días que siguen a la muerte de Jesús en la cruz. Y el recuerdo del Amado durante ese tiempo se sustenta en las conversaciones mantenidas con el Sanador antes del sacrificio, en esas palabras dichas al calor de la confidencia y a la luz resplandeciente de la revelación y de la esperanza. El monólogo privado de María Magdalena que descubrimos en la lectura de esta novela, se construye, de este modo, de palabras que evocan, redimen, gritan, imploran, confiesan, anuncian, proclaman y, en definitiva, se hacen vida restallante, radicalmente vida. Fanny Rubio se ha preocupado bien de hacer apología de la palabra y la ha homenajeado entregándose a una delicada orfebrería. Sin embargo, nos queda la duda de si una novela puede prolongar la intensidad del hecho lírico durante más de 300 páginas. El poema, debido a su, por lo general, corta extensión, constituye un molde perfecto para la condensación de la fuerza lírica. Estirar esa condensación en una novela puede dar dos resultados: la dispersión o el agotamiento del lector. Y, de hecho, los momentos más felices de la novela, aparte de numerosas estampas preciosas de soberbia plasticidad, se producen cuando la narración fluye sin el lastre continuado de su grave carga lírica, a cuya atracción se entrega la autora con tal apasionamiento, que incurre, creo que de manera involuntaria arrastrada por el fragor de su embeleso, en el abuso de la subordinación o en contrastes abruptos de tono. Y, cuando la escritora parece despertar de su propio éxtasis hipnótico, reacciona incluyendo palabras demasiado “actuales” que rompen repentinamente con la atmósfera léxica que hasta ese momento había funcionado como agradable narcótico. Estos reparos que aduzco no desean sino certificar que Fanny Rubio es poeta por los cuatro costados. Y este “mal de la poesía” se testimonia en su narrativa, que no puede sujetarse al cauce canónico del género sin desbordarse, sin desangrarse en versos, que pugnan por desasirse de las pautas que impone la novela.

Símbolos de su compromiso con la palabra poética son sus poemas sobre las ciudades de Sodoma y Dresde, cuya reconstrucción alegórica delega sobre la palabra el poder demiúrgico de la creación. Los asistentes a su recital en Cambrils del pasado viernes, constatamos que leer y escuchar a Fanny Rubio es reconocer en las palabras su origen desnudo, es colocarnos en ese arcano que reza uno de sus versos que es el “dintel del nombre”.

domingo, 28 de noviembre de 2010

70. El sillón "ye" de la Academia

¿Sabían ustedes que los dos únicos sillones de la Real Academia Española de la Lengua que aún siguen vacantes son los correspondientes a las letras “W” e “Y”? Ignoro la razón del desprecio a la “W”, pero el abandono del sillón “Y” está clarísimo. ¡¿Quién va a tener estómago para querer ocupar el sillón… “YE”?! Se rumorea por los pasillos del vetusto edificio de la madrileña calle Felipe IV, que se lo ofrecieron a Soledad Puértolas, última en incorporarse al comité de sabios, y que ésta, viéndole las orejas al lobo, rehusó el ofrecimiento y prefirió el sillón “g”, aunque fuera en minúscula, para sus académicas posaderas. Así pues, todo sigue igual: el sillón “ye” sigue vacante y los demás siguen bacantes.

Porque en esto de la “ye” algo dionisiaco hay de por medio. El argumento que parece aducirse es el de utilizar la nomenclatura fonética para unificar el criterio onomatopéyico que en mayor o menor medida rige a las demás letras del abecedario. O lo que es lo mismo: que el nombre de las letras se parezca al sonido que representan. El error de la Academia es, sin embargo, querer buscar sistemas coherentes en algo, el idioma, que por su naturaleza misma, es imposible atar teóricamente sin que se abran fisuras. Por ejemplo, la “y griega”, déjenme llamarla todavía así, pierde su sentido consonántico cuando se utiliza como conjunción, que es las más de las veces, invalidando así el criterio fonético. Lo que ocurre con la Academia es que, acomplejada como está por esa condición de trasnochada que se le atribuye con frecuencia, quiere ahora apuntarse el tanto de la modernidad pero escogiendo de ésta sus peores cualidades: el desprecio por la tradición humanística, representada en la eliminación de los adjetivos “griega” y “latina”; la cultura de lo cómodo, ilustrado en ese silabeo pueril sin elegancia ni solera con el que quieren que pronunciemos el nombre de la “y griega”, como hacen los niños del parvulario; y la falta de rigor y exigencia porque dice no condenar a quien use algunas de las normas previas a las modificaciones. Es decir, que podemos hacer lo que nos dé la gana. Bonita manera de fijar, limpiar y dar esplendor al idioma, como reza su lema.

Otro tanto pasa con la eliminación de la tilde de “guión”. Responde esta iniciativa al hecho de que esta palabra es monosilábica y, como tal, no debe acentuarse. Pero en la pronunciación todo hablante intuye dos “tempos” con intensidad de la voz en la segunda secuencia; de ahí el tradicional acento. Es decir, intuimos un hiato. Es el mismo fenómeno que ocurre con palabras como “tontería”, donde la última sílaba, según las reglas, forma un diptongo (-ria) pero como en la pronunciación intensificamos la letra “i”, marcamos este hecho con la tilde sobre la vocal cerrada y formamos dos sílabas. En “guión”, se desea eliminar la tilde porque las reglas dicen que los hiatos sólo se marcan acentuando la vocal cerrada, no la abierta. Sin embargo, nada dice la Academia de palabras como “huida”, sin tilde, debido a la convergencia de dos vocales cerradas, cuando el hablante vuelve a intuir que en su pronunciación se marca la intensidad de la “i” como si se tratase de un nuevo hiato. ¿Por qué no proponer un cambio en estas palabras?

Respecto a la eliminación del acento en la palabra “solo”, no entiendo la razón; precisamente una norma que evitaba ambigüedades en determinados contextos. Ahora no sabremos si cuando “hago solo el amor”, soy una persona de grandes virtudes cristianas o es que practico el onanismo. Y, en cuanto a adaptar el quorum latino al “cuórum” español, la verdad yo siempre la había escrito así, en cursiva y sin acento sin necesidad de estas estampas algo ridículas, como las de “uesebé” o “cederrón”.

Pero bueno, ya que la Academia no nos condena si usamos la ortografía antigua, para mí siempre existirá la “y griega” y la “i latina”; y creo que en esto no debo estar muy solo. Sólo espero que entre los amantes del castellano, haya quorum para evitar semejante surrealista guión.

jueves, 25 de noviembre de 2010

69. La olvidada reina Matute



Pero ya terminó el olvido. La eterna candidata al Cervantes por fin vuelve a sentir que la literatura la redime de las miserias de la vida. No lo digo yo, son sus propias palabras; y, cuando las pronuncia así, con ese desamparo conmovedor de los escritores que cifran su existencia en el mero acto de la escritura, se asemeja ella misma a uno de sus personajes.

El premio Cervantes es el colofón de cualquier escritor, porque reconoce una trayectoria, el conjunto de una vida entregada a las letras. En el caso de Ana María Matute, sin embargo, toda esa trayectoria estaba ya declarada en su primera gran obra, Pequeño teatro, escrita a los 17 años de edad, aunque publicada 12 años más tarde, en 1954. Sorprende que a edad tan temprana, la escritora fuera capaz de trazar con tanta profundidad los grandes temas que caracterizarán su producción posterior: la imposibilidad de entendimento entre los hombres; la soledad; la frustrada y desesperada búsqueda de una identidad que los explique; la inocencia y fantasía de la infancia y el desamparo del ser humano, tintado de escepticismo religioso. En este sentido, Marco, uno de los personajes de la novela, le reprocha a Anderea, dueño de un teatro de marionetas: “Creáis hombres de madera, y luego os reís de ellos. Los obligáis a amarse, y os burláis de su amor. No creéis en sus tragedias, y los sacrificáis a ellas”. A lo que Anderea responde: “¡Oh, no puedo opinar! Yo también soy un muñeco”.

Sea quien sea el que mueve los hilos de la vida, ayer los movió con acierto para Ana María Matute. Quién sabe. Tal vez, en delicioso sortilegio, los haya movido desde su retablo aquel maese Pedro cervantino.

domingo, 21 de noviembre de 2010

68. La novela histórica

La mayoría de los estudiosos coiniciden en señalar como hito inaugural de la novela histórica el título Waverley (1814), de Walter Scott. Y, aunque ello signifique que el género lleva caminadas casi dos centurias de vida, lo que parece cierto es que ha sido en las últimas décadas cuando la novela histórica ha alcanzado su mayor profusión. Ayudan al desmesurado fenómeno la gran demanda por parte del público de este tipo de novelas; el sentido mercantilista, cada vez mayor, de muchas editoriales; y, desgracidamente, un deformado criterio que impide pasar por el tamiz del buen gusto literario, una gran cantidad de obras de muy dudosa calidad.

Lo que parece claro es que el género se está sobresaturando. Cuando uno entra en cualquier librería queda abrumado ante las pilas de libros adornados con sus llamativas portadas de caballeros y manuscritos medievales, pinturas renacentistas, exóticos palacios árabes, estandartes de legiones romanas, sábanas santas, cruces cristianas que anuncian oscuros complots eclesiásticos y demás parafernalia. Porque en esto de la novela histórica, las ilustraciones actúan como fatal cebo ante el incauto lector. Especial protagonismo se están pertrechando los autores que abordan el tema de la guerra civil española. Aunque sea legítimo e incluso saludable recordar nuestra historia más reciente y, llegado el caso, denunciarla, tengo dudas acerca del oportunismo de muchos al acercarse a tan espinoso asunto. Sacar dinero del dolor ajeno, hurgando en las desgracias de las gentes que tuvieron que vivir una guerra, no me parece demasiado ético si, como he dicho, hay más de oportunismo que de implicación honesta en lo que se cuenta. Pienso en Almudena Grandes, que si bien acertó con El corazón helado, se equivoca ahora con su promocionadísima Inés y la alegría, novela maniquea donde las haya, mal construida y peor escrita (incluso con errores gramaticales).
El agotamiento del género se aprecia ya, incluso, en la publicación de obras que lo parodian, como Mercado de espejismos, de Benítez Reyes. Y, aunque el autor gaditano no va a emular a Cervantes en su castigo a las novelas de caballerías, sí es indicativo de cómo están las cosas.

Existen tres tipos de lectores de novela histórica: los que se consideran amantes de la Historia pero, ¡ay, amigo!, no desean acercarse a ella desde los “áridos” trabajos de los historiadores y prefieren ver una película o leer una novela creyendo con ello estar aprendiendo algo; los que simplemente buscan entretenimiento y el pasado les parece un buen marco para la evasión; y, finalmente, los que exigen que la novela reúna aquellos requisitos que la conviertan en una obra de arte. Los tres tipos de lectores encuentran sus correspondencias entre los escritores. A los primeros se les satisface con novelas excesivamente documentadas que, por lo mismo, encallan en lo literario y resultan ser más aburridas que los tratados históricos de los que se rehuía; eso contando con que no existan anacronismos flagrantes. Una novela debe ser siempre una novela, no un tratado histórico; al segundo tipo de lector se le ofrece una novela sin ambición estilística en la que importa lo que se cuenta sin más. Un buen ejemplo pude ser John Steinbeck y su llana versión sobre los asuntos artúricos; por último, el exigente tercer lector disfrutará de una novela donde el marco histórico esté bien construido pero sin convertirse en un fin por sí mismo; gozará de un estilo depurado, elegante y exquisito; leerá, en defnitiva, a Mujica Laínez y su Bomarzo; a Terenci Moix y su desbordado lirismo egipcio en No digas que fue un sueño; amará el idioma castellano al acercarse a los Episodios Nacionales de Galdós o se reconocerá en deuda de por vida por el placer que le produjo El hereje de Miguel Delibes. Por nombrar sólo a unos cuantos principiantes escritores de novela. Histórica. Pero, sobre todas las cosas, novela.

domingo, 31 de octubre de 2010

67. "Qué largo me lo fiáis"

Esta noche es Noche de Difuntos. Y como ya viene siendo habitual, las calles se llenarán de calabazas y siniestros disfraces para regocijo de algunos comerciantes, que ya se han preocupado durante toda la semana de inspirar con sus escaparates la moldeable mente de los adolescentes, tan atentos siempre a ese fenómeno del borreguismo en masa que les induce a balar al son del borrego mayor de la manada. Esa misma noche, hace ahora un año, se me presentó en mi casa un niño de corta edad, ataviado su menudo cuerpo con una especie de pijama que aspiraba a representar la imagen de un esqueleto y con profusión de pintura, negra en las ojeras y roja en la comisura de los labios. Muy guapo. La pequeña radiografía andante me suelta entonces la frasecita ésa del “Truco o trato” y me extiende ambas manos, unas falanges y unos metacarpianos preciosísimos, cual pedigüeño consumado. Yo, reponiéndome aún de la visión, no sé cómo reaccionar porque hasta donde alcanza mi conocimiento de la cultura popular española, pensaba que el aguinaldo se pedía en Nochebuena, no en la noche de Difuntos. Y tampoco había villancico por ningún sitio. Total, que el truco fue hacerme el despistado y el trato lo dejó claro el eco que produjo en la escalera el portazo con que despedí a mi convidado que, por desgracia, no era el de piedra, de mucha más solera. Oigan, no fui tan cruel. Contribuí con el efecto de ese sonido hueco que se perpetuaba lóbregamente por la escalera a hacer la noche más “hallowiniana” al chaval. Luego supe que las dos enigmáticas palabras del dilema que me había planteado la esfinge raquítica tienen su explicación en el folclore yanqui. Pero este año pienso contraatacar. Cuando la chiquillería inunde las calles con sus alaridos, aullidos, arrastre de cadenas y demás terribles sonidos, pienso salir a mi balcón, como si saliera de la mismísima sevillana Hostería del Laurel en carnaval, embozado en una capa, con sombrero de ala ancha y blandiendo una espada, para acallar a tanto monstruito y decirles: “¡Cuán gritan esos malditos!/ Pero, mal rayo me parta/ sin en concluyendo esta carta/no pagan caros sus gritos!”. Y si me preguntan que quién soy les responderé, esta vez en versión de Tirso de Molina: “Guárdense todos de un hombre/ que a las mujeres engaña/ y es el Burlador de España”. Porque para fantasmas, me quedo con el de Gonzalo de Ulloa, que se presentaba en casa de uno y no te preguntaba si querías truco o trato, sino que te invitaba a su sepulcro para cenar y te ponían culebras y alacranes en el plato. O el de Doña Inés, que al menos era un fantasma hermoso, a pesar de su obsesión por redimir a Don Juan para compartir sepultura con él. El mito de Don Juan es, junto al Quijote, la aportación española a la cultura mundial más reconocida. Hay un pasaje en la obra de Zorrilla, en la que el escultor que ha esculpido las estatuas de las víctimas de Don Juan, dedica a las mismas estas palabras: “¡Oh! frutos de mis desvelos,/peñas a quien yo animé/y por quienes arrostré/la intemperie de los cielos;/el que forma y ser os dio,/va ya a perderos de vista;/¡velad mi gloria de artista,/ pues viviréis más que yo!”. El autor vallisoletano estaba ya profetizando la incombustibilidad de este mito que nos empeñamos en arrumbar al cuarto de los trastos viejos, en pos de una tradición postiza y superficial. El personaje de Don Juan tiene un anclaje tan sustancial en nuestra cultura que hasta el diccionario recoge la palabra “donjuán” para referirse a los galanes conquistadores, igual que hay perros “lazarillos” que guían a los ciegos o “celestinos” que median en amores. Quiero ver a nuestro Don Juan altanero, decirles a los que ya lo entierran aquello de “qué largo me lo fiáis”; y quiero verle haciendo trizas la calabaza yanqui, porque, caramba, para calabazas ya tenemos a la Ruperta.

[En la imagen, el fantasma de Gonzalo de Ulloa presentándose en casa de Don Juan]

miércoles, 27 de octubre de 2010

66. Tres

Uno de los encantos que tiene para mí el otoño es el comienzo de la nueva temporada teatral. Los días de sol y playa ceden ya el paso a las mágicas noches de las tablas. Recientemente he asistido a la representación de Tres, una comedia escrita y dirigida por Juan Carlos Rubio. El argumento gira en torno a tres amigas de la infancia, Rocío, Carlota y Ángela, que se reencuentran tras décadas sin verse. Todas ellas han cambiado mucho desde que eran alumnas de las Redentoras, no obstante, comparten un anhelo: ser madres antes de que su reloj biológico se pare. A Rocío, la más alocada, se le ocurre una idea peregrina: ¿por qué no quedarse embarazadas las tres a la vez y cuidar juntas a sus hijos, como verdaderos hermanos?  Tras el desconcierto inicial que dicha proposición supone, a las amigas se les plantea el reto de elegir al padre. Parece que tienen al candidato perfecto, un antiguo compañero del colegio más joven que ellas que acepta a cambio de una suculenta cantidad de dinero. Sin embargo, no todo lo que les espera durante los meses de gestación es felicidad, pues las protagonistas descubrirán un secreto que desembocará en situaciones realmente hilarantes. 
Las actrices que dan vida a estas mujeres son Kiti Mánver, Nuria González y Aurora Sánchez. Las tres actúan muy bien, prueba de ello son las carcajadas que arrancaron al público; ahora bien, creo que sobre todas destaca Aurora Sánchez (conocida por su papel de Lourditas en Los Serrano) pues hace gala de una vis cómica que no deja indiferente a nadie. El padre de los futuros bebés es Octavi Pujades, quien queda algo eclipsado por la fuerza de sus compañeras.
Esta obra es un "juguete cómico, un disparate, una máquina de hacer reír", tal y como señala Juan Carlos Rubio. Y es que la función de delectare que puede tener el teatro se cumple a la perfección. Dudo mucho que hubiera alguien que se acordara de sus preocupaciones cotidianas durante la hora y media que duró la puesta en escena. No obstante, detrás de las carcajadas se plantea una  cuestión de actualidad  como es la definición de la "familia": ¿la familia se hace o se nace?, ¿hay vínculos que pueden ser más fuertes que los de la sangre? Como ya se ha indicado, estas amigas desean ser madres solteras y criar a sus retoños juntas. Crean, por tanto, una familia a medida que no se ajusta al patrón tradicional. Considero que el hecho de poder despertar una reflexión en el espectador a través de la risa es un mérito a tener muy en cuenta, y estoy segura de que es un ingrediente más que contribuye al rotundo éxito del espectáculo.

domingo, 24 de octubre de 2010

65. El "haiku" en España

En las últimas décadas se ha producido en nuestro país un reflorecimiento de la cultura japonesa, favorecido, entre otros factores, por el auge de su tecnología, por sus propuestas cinematográficas, especialmente en los géneros de terror y  de animación, o por su fuerte sentido de la espiritualidad, procedente del budismo Zen, que se ha manifestado como un asidero donde sujetar la maltrecha fe del hombre occidental en los asuntos del alma, cuajados desde hace tiempo de la fría escarcha del escepticismo. Digo lo de reflorecimiento porque el fenómeno no es nuevo y la fascinación por el mundo nipón nunca ha dejado de reverdecer sus tallos. En el siglo XVIII el mobiliario rococó adoptó multitud de motivos japoneses; el atormentado hombre del Romanticismo gustó de refugiarse en lugares alejados y exóticos; ya a principios del siglo XX, el Modernismo, que tanto debe a los románticos, heredó de éstos esa evasión geográfica y la estilizó hasta aristocratizarla, y Japón no fue una excepción; los movimientos de Vanguardia en su intento de romper con la tradición anterior encontraron nuevas formas de expresión en culturas ajenas a la nuestra, y también Japón halló su hueco. Hoy, este nuevo empuje de la cultura japonesa encuentra uno de sus exponentes más significativos en el campo de la literatura, concretamente con la recuperación del género poético del haiku. Son muchos los poetas españoles que se han lanzado con más o menos fortuna a la creación de haikus. Pienso ahora en Luis Alberto de Cuenca, por citar a uno de los autores de prestigio que más recientemente ha incluido ese género en su último libro de poemas. Sin embargo, no hay que pensar que el cultivo del kaiku  en España sea una novedad. Como casi siempre, todo está ya inventado. El profesor Pedro Aullón de Haro, en un interesante tratadito que data de 1985 titulado El jaiku en España ya nos pone en antecedentes sobre la tradición jaikista española. Y nombra a escritores tan ilustres como Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Juan José Domenchina, Jorge Guillén, Lorca, Cernuda y Salvador Espriu. Y el primer libro de haikus en español corresponde al mexicano José Juan Tablada (Un día…) y data de 1919. Dicho esto, el poeta que quiera adentrarse en el cultivo del haiku debe ir con cuidado. Muchos se lanzan a dicha empresa porque está de moda y hay en esa actitud un molesto tufillo de esnobismo. La esencia de esta breve composición estriba en su capacidad sugestiva. La personalidad del autor no debe aparecer nunca en los versos; este despojamiento no es siempre sencillo en los escritores occidentales, cuya vanidad de creadores, les induce a dejar su sello personal en los poemas. El haiku trata de apresar el instante; según Basho (1643-1694), que es el mayor poeta del género, “es aquello que ocurre en este preciso momento”; es, en cierta medida, un cuadro impresionista, pero dibujado con una precisión léxica que rechaza el ornato superfluo y que, a la vez, ofrece la suficiente fuerza evocadora. Según los estudiosos, esto es fácil en japonés, que es un idioma que per se tiene esa capacidad sugestiva. Pero el transplante al español no es tan sencillo, porque nuestro idioma, en el campo de la lírica, necesita para esa meta el uso de la metáfora u otros cambios semánticos que se desvíen del lenguaje ordinario para producir el efecto poético deseado y no caer en el prosaísmo. Por eso, el haiku requiere talento y habilidad y, pese a su aparente sencillez, no todo el mundo puede llegar a su sustancia. Es un mensaje para los oportunistas que creen que están a la última o que están revolucionando la poesía (lean a Aullón de Haro), para los perezosos, que se parapetan tras esos 3 versitos para no trabajar demasiado y justificar su racanería creativa en la modernidad, y para los falsos jipis y “fumetas” que se creen “guays” porque hacen haikus y no tienen ni idea.  A ellos este haiku de Espriu: “Con eternos límites/topa el afán inútil/de la hormiga”.

miércoles, 20 de octubre de 2010

64. Exposición Miguel Hernández-Maruja Mallo

CESÓ TODO Y DEJÉME se complace en presentar la exposición conjunta de los poemas de Miguel Hernández y la producción pictórica de Maruja Mallo glosada en el artículo anterior. En negrita, los versos que remiten a la iconografía de la pintora. Los poemas pertenecen a La imagen de tu huella y El rayo que no cesa. Los títulos de los cuadros los hallará el lector en el artículo previo. Lamento la disposición desaliñada de algunos poemas pero no soy un dechado en esto de la informática y la aplicación de Blogger tampoco dar para más. Espero sepáis disculpar este detalle.



Astros momificados y bravíos
sobre cielos de abismos y barrancas
como densas coronas de carlancas
y de erizados pensamientos míos.
Bajo la luz mortal de los estíos,
zancas y uñas se os ponen oriblancas,
y os azuzáis las uñas y las zancas
¡en qué airados y eternos desafíos!                                                      
¡Qué dolor vuestro tacto y vuestra vista!
intimidáis los ánimos más fuertes,
anatómicas penas vegetales
Todo es peligro de agresiva arista,
sugerencia de huesos y de muertes,
inminencia de hogueras y de males.

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Me tiraste un limón, y tan amargo,

con una mano cálida, y tan pura,
que no menoscabó su arquitectura
y probé su amargura sin embargo.
Con el golpe amarillo, de un letargo
dulce pasó a una ansiosa calentura
mi sangre, que sintió la mordedura
de una punta de seno duro y largo.
Pero al mirarte y verte la sonrisa
que te produjo el limonado hecho,
a mi voraz malicia tan ajena,
se me durmió la sangre en la camisa,
y se volvió el poroso y áureo pecho
una picuda y deslumbrante pena.


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Ya de su creación, tal vez, alhaja

algún sereno aparte campesino
el algarrobo, el haya, el roble, el pino
que ha de dar la materia de mi caja.
Ya, tal vez, la combate y trabaja
el talador con ímpetu asesino
y, tal vez, por la cuesta del camino
sangrando subre y resonando baja.
Ya, tal vez, la reduce a geometría,
a pliegos aplanados quien apresta
el último refugio a todo vivo.
Y cierta y sin tal vez, la tierra umbría
desde la eternidad está dispuesta
a recibir mi adiós definitivo.
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Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,

que son dos hormigueros solitarios,
y son mis manos sin las tuyas varios
intratables espinos a manojos..
No me encuentro los labios sin tus rojos,
que me llenan de dulces campanarios,
sin ti mis pensamientos son calvarios
criando nardos y agostando hinojos.
No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
y mi voz sin tu trato se afemina.
Los olores persigo de tu viento
y la olvidada imagen de tu huella,
que en ti principia, amor, y en mí termina.
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Vierto la red, esparzo la semilla

entre ovas, aguas, surcos y amapolas,
sembrando a secas y pescando a solas
de corazón ansioso y de mejilla.
Espero a que recaiga en esta arcilla
la lluvia con sus crines y sus colas,
relámpagos sujetos a olas
desesperando espero en esta orilla.
Pero transcurren lunas y más lunas,
aumenta de mirada mi deseo
y no crezco en espigas o en pescados.
Lunas de perdición como ningunas,
porque sólo recojo y sólo veo
piedras como diamantes eclipsados.
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La muerte, toda llena de agujeros

y cuernos de su mismo desenlace,
bajo una piel de toro pisa y pace
un luminoso prado de toreros.
Volcánicos bramidos, humos fieros
de general amor por cuanto nace,
a llamaradas echa mientras hace
morir a tranquilos ganaderos.
Ya puedes, amorosa fiera hambrienta,
pastar mi corazón, trágica grama,
si te gusta lo amargo de su asunto.

Un amor hacia todo me atormenta
como a ti, y hacia todo se derrama
mi corazón vestido de difunto.
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No me conformo, no: me desespero

como si fuera un huracán de lava
en el presidio de una almendra esclava
o en el penal colgante de un jilguero.
Besarte fue besar un avispero
que me clama al tormento y me desclava
y cava un hoyo fúnebre y lo cava
dentro del corazón donde me muero.
No me conformo, no: ya es tanto y tanto
dolatrar la imagen de tu beso
y perseguir el curso de tu aroma.
Un enterrado vivo por el llanto,
una revolución dentro de un hueso,
un rayo soy sujeto a una redoma.
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Por desplumar arcángeles glaciales,
a nevada lilial de esbeltos dientes
es condenada al llanto de las fuentes
y al desconsuelo de los manantiales.
Por difundir su alma en los metales,
por dar el fuego al hierro sus orientes,
al dolor de los yunques inclementes
lo arrastran los herreros torrenciales.
Al doloroso trato de la espina,
al fatal desaliento de la rosa
y a la acción corrosiva de la muerte
arrojado me veo, y tanta ruina
no es por otra desgracia ni por otra cosa
que por quererte y sólo por quererte.
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Silencio de metal triste y sonoro,

espadas congregando con amores

en el final de huesos destructores
de la región volcánica del toro.
Una humedad de femenino oro
que olió puso en su sangre resplandores,
y refugió un bramido entre las flores
como un huracanado y vasto lloro.
 De amorosas y cálidas cornadas
cubriendo está los trebolares tiernos
con el dolor de mil enamorados.
Bajo su piel las furias refugiadas
son en el nacimiento de sus cuernos
pensamientos de muerte edificados.

domingo, 17 de octubre de 2010

63. Miguel Hernández y la pintura (I)

Cuando, tras aquel primer viaje a Madrid, lleno de penurias y frustraciones, Miguel Hernández vuelve a la capital y consigue al fin hacerse un hueco en los círculos intelectuales de la ciudad, sus contactos no se van a limitar exclusivamente al campo de la literatura. Madrid es en aquel primer cuarto de siglo un foco de efervescencia cultural que se nutre de las más variadas manifestaciones artísticas y formas de pensamiento. Uno de los grupos en el que el poeta va a encajar desde el primer momento es la llamada Escuela de Vallecas, corriente figurativa que, simplificando bastante, basará especialmente sus trabajos en el tratamiento de la naturaleza, inspirados en las estampas que sugieren los paisajes del extrarradio madrileño. Para Miguel Hernández, el conocimiento de este grupo supone un alivio, pues mitiga el acomplejamiento que su poesía ruralista podría reportarle en un contexto donde muchos poetas abrazan ya el surrealismo y los temas urbanos, vinculados muchas veces a los avances tecnológicos. La experiencia vallecana le pondrá en contacto, entre otros, con el pintor Benjamín Palencia o el escultor Alberto Sánchez. Más tarde, conocerá, en la casa de su gran amigo Pablo Neruda, a Maruja Mallo, pintora gallega de desbordante personalidad, con la que vivirá un apasionado romance, olvidándose de su Josefina Manresa, que “se le moría de casta y de sencilla”, según reza el verso de uno de los pocos poemas que Hernández le dedica en El rayo que no cesa. Precisamente esta obra, considerada como una de las cumbres de la poesía del oriolano y todo un hito en nuestra historia literaria, está dedicada a la propia Maruja Mallo tras el fracaso de la relación, hecho que debió de ser más doloroso para Miguel que para la pintora, mayor que el poeta y más versada en los lances de amor pasajeros (Alberti, sin ir más lejos). La vida y obra de Maruja Mallo darían para otro artículo, bien jugoso por cierto, pero me centraré aquí en ofrecer alguna pincelada, valga la oportuna expresión, sobre la influencia iconográfica que los cuadros de Maruja Mallo ejercen sobre esta obra de Miguel Hernández. No está en mi ánimo ser demasiado riguroso y quizás la sugestión sobrepase a la realidad, y hasta puede que cometa algún anacronismo, pero resulta imposible no establecer correspondencias entre algunos poemas de Hernández y las obras de Maruja. Así, en el soneto “Ya de su creación, tal vez alhaja”, alguien está construyendo el féretro del poeta con la madera del haya, del roble o del pino. ¿Quién puede ser el artífice de la caja sino Maruja Mallo quien, en su serie “Arquitecturas vegetales”, “reduce a geometría” los elementos de la naturaleza? El mismo asunto se aprecia en el poema “Me tiraste un limón, y tan amargo” donde la mano que lo lanza “no menoscabó su arquitectura”; y el asunto se repite en “Astros momificados y bravíos”, de Imagen de tu huella, donde “todo es peligro de agresiva arista”. Precisamente el título de esta obra, desgajada de El rayo que no cesa, da buena cuenta de la influencia de la pintora. Qué mejor prueba que contemplar el cuadro titulado La huella, correspondiente a la serie “Cloacas y campanarios”. Son abundantes también en la obra de Mallo la presencia de siniestros agujeros, como en Tierra y excrementos. Así, para Miguel Hernández, los besos de Maruja cavan “un hoyo fúnebre y lo cava / dentro del corazón donde me muero” y la muerte “está toda llena de agujeros”. En otro soneto, Miguel vierte redes y esparce semillas pero “no crezco en espigas o en pescados”. Basta mirar La sorpresa del trigo de Maruja o los cuadros dedicados al mar para ver un calco de ellos en el poema. Para acabar, compárense el cuadro Antro de fósiles con versos tales como “en el final de huesos destructores” o Basuras y El espantapeces con el “doloroso trato de la espina” del Soneto final. Invito al lector a detenerse en estas comparaciones para hallar una lectura más completa de la poesía de Miguel Hernández.
  • En la foto, Maruja Mallo.
  • El próximo miércoles 20 colgaré los poemas de Miguel Hernández que he citado en este atículo junto a los cuadros de Maruja Mallo con los que he establecido concomitancias.

domingo, 10 de octubre de 2010

62. De libros de estilo y borrascas sobre Ourense

De todos es conocida la influencia que los medios de comunicación ejercen sobre el uso del idioma. Modismos y neologismos, amén de otros fenómenos lingüísticos, se incorporan al habla cotidiana merced al poder imparable de la prensa escrita, la radio y, sobre todo, la televisión. Pero también los errores. De entre estos, no me preocupan tanto los que se cometen por desconocimiento de la lengua. Basta con incorporar a la plantilla a alguno de los miles de filólogos que se están muriendo de asco como dependientes en cualquier supermercado y que, de vez en cuando, matan el gusanillo filológico colocándole la tilde con un bolígrafo al cartel que reza que se venden “platanos” y lamentándose, purista él, de que no se escriban los kilos con “qu”. El problema serio está en los errores que se cometen premeditadamente, inmolando la corrección lingüística al dios tirano de lo políticamente correcto. Como hoy hay que ser tan buenos y buenas y condescender con todos y todas y ser tan progres y “progras”, nos pasa como a Bibiana Aído, que es ya “miembra” honoraria de la Academia. La ministra sabe de sobra que el género masculino es el género no marcado y que, como tal, incluye también al femenino. Pero ella, ministra de igualdad, claro, estaría dispuesta a que en los libros de Historia, cuando se dice aquello de que el hombre descubrió el fuego, se dijera también que lo descubrió la mujer. Faltaría más. Pero lo que más me subleva de estas mamarrachadas son los topónimos. Los hombres (y mujeres) del tiempo, con tal de tener un detallito con las comunidades autónomas que tienen lengua propia, pronuncian los nombres de las provincias respetando la “idiosincrasia” lingüística (otro término muy “progre”) de la comunidad correspondiente. Por eso hay borrascas sobre Ourense y A Coruña y anticiclones en Girona y Lleida. Pero nunca dicen que va a llover a mares sobre London. Es de una incoherencia supina. Porque si “una borrasca va a llegar a A Coruña”, estoy cometiendo cacofonía (no puedo en castellano colocar esas dos vocales juntas); y si el anticiclón ocupará la zona ilerdense y gerundense, ya no puedo hablar de Lleida y Girona que, en todo caso, son “lleidatana” y “gironina”, respectivamente. Y, ya puestos, debo pronunciar Barcelona con el sonido /s/, que es el que le corresponde a la letra “c” en catalán, igual que pronunciamos “Yirona”, en castellano pese a leer una “G”. He repasado los libros de estilo de algunos medios de comunicación, que supuestamente orientan al periodista sobre el uso del idioma. Respecto a los topónimos, el libro de estilo de El País dice en su versión más reciente (antes no lo hacía) que se debe escribir Cataluña y no “Catalunya”, pero debe escribirse “Girona y Lleida”. En cambio, no admite “Eivissa” para Ibiza... El libro de estilo de Vocento (ABC, entre otros) dice, en cambio: “se escribirán en español todos los topónimos que tengan grafía en esta lengua [en la española, se entiende] […]. No obstante lo anterior, en los medios de Vocento publicados en autonomías con lengua propia se utilizarán los topónimos en la respectiva lengua”. Una concesión más a lo políticamente correcto. Curiosamente, el autor de este libro es José Martínez de Sousa, quien en su Manual de estilo de la lengua española, obra ya clásica no vinculada a ningún periódico, se opone a esa concesión. ¿En qué quedamos, Martínez de Sousa? Me dicen que no sé qué parlamento aprobó que “Girona” y “Lleida” se llamaran de ese modo. Pues será verdad pero los hombres (y mujeres) del tiempo de TV3, siempre dicen “Saragossa”, “Xixó” y “Cadis” y ni zaragozanos ni gijoneses ni gaditanos han aprobado tal enmienda al nombre de sus ciudades. Pero es que en TV3  hacen muy bien. Están hablando en su idioma y mantienen la coherencia si la flexibilidad del mismo se lo permite. Pero, ay, la coherencia. Debió de marcharse con “el coherencio”.

miércoles, 6 de octubre de 2010

61. Teatro en la guerra

Creo que el teatro es un arma magnífica de guerra contra el enemigo de enfrente y contra el enemigo de casa. Entiendo que todo teatro, toda poesía, todo arte, han de ser, hoy más que nunca, un arma de guerra.  Esta afirmación pertenece a Miguel Hernández y tiene la fuerza suficiente para validar el teatro de urgencia que comienza a escribir a raíz del levantamiento del 18 de julio de 1936. Se trata de cuatro piezas, formadas por un solo cuadro, cuya única y última finalidad es conseguir la adhesión del público a la causa republicana. Este objetivo explica el hecho de que sea un teatro breve, conciso, sin ornamentación que pueda distraer al espectador del mensaje y con unos personajes sin nombre propio, anónimos, pues lo importante no es su caracterización particular sino los ideales que representan. Con estas cuatro obritas, agrupadas bajo el título de Teatro en la guerra, el poeta del pueblo hace una radiografía de la sociedad española y de las diferentes actitudes que se estaban adoptando ante el conflicto bélico. Así, en La cola aparece un grupo de mujeres que discuten por conseguir carbón. En un momento dado, entra en escena el personaje de la madre quien les reprocha esa conducta infantil mientras millones de hombres se juegan la vida en el frente. Éstas, ofendidas, muestran una total despreocupación por esos combatientes puesto que sus maridos e hijos están a salvo gracias a sus contactos. Crítica, por tanto, despiadada a las personas que viven ajenas al conflicto, a su egoísmo que no hace otra cosa sino ensuciar el nombre de Madrid y de los momentos que está viviendo España: (...) Dignificad Madrid, mujeres de sus barrios, hombres de su defensa. No lo enturbiéis ni lo degradéis con acciones y actitudes bajas. (...) Que se le vea, gallardo y diáfano, desde donde se le mire. Así venceremos(...).
La actitud opuesta aparece en El refugiado, pieza escrita en Jaén en marzo de 1937 y puesta en escena el 27 de abril de 1938 en el Teatro Principal de Alicante. En ella, un anciano refugiado conversa con un combatiente, que ha llegado a tierras jienenses desde Madrid, sobre la inactividad que predomina en los frentes de Andalucía, una actitud que le ha obligado a abandonar su pueblo tras la llegada de los fascistas. Su interlocutor no duda en ayudarle y le ofrece el poco dinero que tiene: (...) Las riquezas son para compartirlas, no para adornarlas de limosnas. Te doy, no porque me sobra, sino porque lo necesitas. Quien da lo que le sobra, es tan perro como quien acepta las sobras de quien se las da. Esta generosidad anima al refugiado a participar en la lucha pues  (...) España no hay más que una y la quiero como si la hubiera parido
En ocasiones, el poeta aparece como un personaje más de las piezas bajo la forma de una misteriosa voz redentora que logra convencer a los protagonistas dudosos del camino a seguir. Como si de una revelación divina se tratase, los personajes se ven invadidos por esa voz que consigue abrirles su entendimiento. Tal es el caso de El hombrecito, un joven adolescente que desea fervientemente alistarse al Ejército  Popular para luchar por España, pues se siente inútil viviendo bajo la protección de su madre. No puede reprimir más su anhelo: (...) Mataré los que queda en cuanto tenga un fusil, y si no tengo fusil, con una honda, y si no tengo honda, con los dientes, y si no tengo dientes, los escupiré mientras tenga saliva. Su madre, preocupada, no quiere aceptar la decisión de su hijo hasta que, misteriosamente, escucha una voz que le infunde ánimo para asimilar la partida de su vástago: Madres, dad a las trincheras / los hijos de vuestro vientre, / que la marca de las fieras / en nuestra tierra no entre.  Así pues, ambos protagonistas encarnan una actitud ejemplar: el deseo de lucha y el orgullo materno ante el coraje de su hijo y su compromiso con la causa republicana: (...) Mirad, madres, mirad: ¡mi hijo avanza como una semilla a convertirse en el pan de todos los hijos que empiezan a brotar de los vientres maternos!
Algo similar ocurre en Los sentados, un grupo de hombres que pasan horas conversando en un banco ajenos a la desgracia que se está viviendo, respirando una "paz envenenada". Un soldado los escucha y no puede evitar increparles por su pasividad: (...) Mientras los que tenemos el alma en pie defendemos el pan y la España que codician italianos y alemanes, vosotros seguís haciendo vuestra cómoda vida de gallinas en el nido (...) Cuando para mí es un orgullo, una alegría luchar por la libertad de España, para vosotros es un sacrificio que no queréis llevar a cabo (...).  Las palabras del soldado remueven la conciencia de algunos hombres: (...) No debemos seguir de este modo, porque si se pierde España, culpa habrá sobre nosotros, y si se gana, no mereceremos gozar los días de la victoria. ¡Vamos a ayudar a nuestros compañeros!  Uno de ellos duda, mas la aparición de la voz del poeta disipa el titubeo: Levántate, jornalero, / que es tu día, que es tu hora.
Evidentemente, se trata de un teatro de poca calidad, con textos escasamente elaborados, pero ello no ha de restarle valía. Miguel Hernández era completamente consciente del tipo de obras que estaba escribiendo y para qué las quería. Pueden verse como pequeñas arengas cuya finalidad era captar adeptos para la causa republicana y esto es totalmente legítimo. En momentos tan difíciles y duros, Hernández consideraba que la literatura no podía mantenerse al margen y seguir ofreciendo espectáculos aburguesados, alejados de la realidad. Las letras, por tanto, debían explotar su vertiente social y qué mejor manera de llegar al público que con el teatro. Quizá por ello, únicamente estas obras fueron llevadas a las tablas en Alicante y en Cuatro Caminos. Estas piezas deben ser entendidas como armas con las que luchó nuestro poeta, otro tipo de fusil con balas de tinta que podían conseguir, en ocasiones, más efectividad que las reales. Ahora bien, Miguel Hernández reconoce su deseo de cultivar otro tipo de teatro cuando la situación de España cambie: Cuando descansemos de la guerra, y la paz aparte los cañones de las plazas y los corrales de las aldeas españolas, me veréis por ellos celebrar representaciones de un teatro que será la vida misma de España, sacada limpiamente de sus trincheras, sus calles, sus campos y sus paredes.  Lástima que un destino cruel e injusto no nos haya dejado disfrutar de ese otro teatro que Miguel pretendía escribir, lástima que el último escenario al que se subió el oriolano fuera el patio del Reformatorio de adultos de Alicante por el que desfilaron los últimos protagonistas del drama de su vida, sus compañeros, para darle su adiós. Lástima.


domingo, 3 de octubre de 2010

60. El fiasco del libro digital en las aulas

Ha comenzado el nuevo curso escolar y cada vez son más los centros que sustituyen el libro de texto tradicional por el libro digital. Se trata del llamado proyecto “1x1”, marbete que suena a operación matemática tan simple como la de las mentes iluminadas que han parido el invento. También se le conoce como “Escuela 2.0”, otra acuñación de bellísimo lirismo informático que evoca más a una nueva versión del videojuego de turno que a un proyecto educativo serio. Dejo para los informáticos y oftalmólogos, respectivamente, las consideraciones relativas a la viabilidad técnica del asunto y a la salud ocular de los alumnos, que daría para mucho. Yo sólo voy a hablar de lo que entiendo, es decir, me voy a ceñir a lo estrictamente académico, aunque, como de educación entiende todo el mundo, ya se imaginarán que lo que yo vaya a decir aquí sirve tanto como lo que diga el butanero; y esto es tanto así pese a que me pase los días rodeado de alumnos, tanto como el butanero de bombonas de butano; sólo que yo no entiendo mucho de bombonas de butano y el butanero lo sabe todo de mis alumnos. Pues bien, pongámonos en situación. Para empezar, sólo existe una editorial (Digital Text) a la que se pueda aplicar con propiedad la etiqueta de entorno virtual. Las demás editoriales sólo aportan un PDF enriquecido del libro de texto impreso. Para eso no hacía falta ordenador, digo yo. La solución de contratar a Digital Text no me apaña, pues sus contenidos son tan pobres e infantiles que hasta los alumnos sienten insultada su inteligencia (y ya es decir). Bien. Entro en clase y hago encender los ordenadores a mis chavales: “Profe, a mí no se me conecta; profe a mí no se me descargan las actividades”, etc, etc. Solución: proyecto la lección desde mi portátil hasta la pizarra digital (que de ésas también tenemos) y vemos la unidad en la susodicha asesina de la tiza. Para eso no necesitábamos ordenador, digo yo. Si decido que resuelvan algún ejercicio en el ordenador, una vez apagado éste, se pierde la resolución del mismo, de manera que no pueden estudiarse las actividades. Solución: las actividades en la libreta, como siempre. Para eso no hacía falta ordenador, digo yo. Como la lección tiene sus carencias, les digo a mis alumnos que deben anotar al margen una pequeña ampliación que quiero ofrecerles. Ay, no. Que no hay márgenes. Me dice algún apologeta del tinglado que yo mismo puedo modificar los contenidos del libro a mi antojo. Claro, así seré profesor, policía, burócrata y ahora editor. Sólo que cobrando el primer oficio y ya ni eso, que nos han bajado el sueldo. Pero por ahí no sigo que luego vienen y me recuerdan la cantinela de las vacaciones de verano y toda esa pejiguera. Tampoco pueden subrayar los contenidos importantes; solución: que se descarguen la versión imprimible y subrayen y estudien de ahí. Para eso no hacía falta ordenador, digo yo. Porque estudiar en el ordenador es imposible: no sé si ustedes han experimentado la sensación de leer en un portátil para gnomos, pero les aseguro que entre la pantallita y que el acceso a la información se te va mostrando con la racanería del movimiento del cursor, uno pierde el sentido unitario de la información que se lee y que proporcionaban los libros impresos en un golpe de vista.

Es que los ordenadores motivan. Y un cuerno. A mí las que me motivaban eran las clases de Arte cuando el profesor apagaba las luces y, a oscuras, nos ponía las diapositivas o el vídeo VHS o BETA. Porque aquello era un acontecimiento. En esta era digital, en la que el alumno ha crecido ya con esta revolución tecnológica, el ordenador es más de lo mismo. Algunos alumnos me han pedido que baje las persianas porque no ven con claridad la pantalla de la pizarra. Claro, cómo va a entrar ese astro retrógrado que lleva millones de años dándonos luz, pudiendo embelesarnos con la luz sanísima y pura del oráculo digital.

El mejor profesor que he tenido, Don Ramón Oteo, nunca necesitó pizarra siquiera. Sólo su palabra. Y era más hermosa y más eficiente que toda la tiranía icónica de las nuevas pizarras y libros digitales. No nos olvidemos, por favor, de la palabra.

domingo, 26 de septiembre de 2010

59. El naufragio de Labordeta

El pasado miércoles acudí a la Biblioteca Pública de Tarragona con la esperanza de releer algunos de los poemas de Antonio Labordeta porque, después de todo lo que se ha escrito esta semana sobre su vida y obras, he pensado que mejor sea él, con sus palabras, quien me oriente sobre cómo debo despedirlo yo también. Su muerte ha multiplicado la presencia de sus versos en Internet pero leerlos en una pantalla de ordenador es como emprender uno de aquellos viajes a los que nos tenía acostumbrados y contemplar los pueblos, sus parajes, sus gentes y su historia a través del cristal de un autobús que pasara por allí. Yo prefiero mezclarme con Labordeta en la autenticidad franca del papel, de tú a tú, que es como a él le gustaba tratar a las personas. Pero ocurre lo que siempre pasa en estos casos; que la biblioteca le ha preparado durante este mes un expositor con sus obras, y los lectores, unos por simple curiosidad, otros por verdadera estima, han desmantelado en pocas horas el epitafio bibliográfico. Por suerte, a nadie le llamó la atención su Diario de náufrago (1988), lo que es un gran despiste, ya que en esta obra de madurez se resumen los grandes temas de la poesía de Labordeta, dedicación eclipsada por su éxito como cantautor, por los libros de viajes o por la ya manida anécdota de su paso por la política. Y sin embargo, Labordeta concibió su creación poética como uno de los momentos más privados y, por ello, más apreciados de su vida, porque un libro “guarda las más bellas notas del sublime concierto de la vida. Lo abres, lo cierras y toda la plenitud de un hombre solitario te acompaña bajo los árboles dorados del otoño”. El tono de Diario de náufrago transmite una inevitable sensación de despedida anticipada, que estremece aún más si se lee con la también inevitable sugestión de su muerte tan reciente. Entre las principales preocupaciones del poeta en este libro, destacan: el paso del tiempo (“Los ayeres, los ayeres. Los venideros ayeres de todas las mañanas.”); la nostalgia de la infancia, cuyos días infinitos nunca vuelven; el recuerdo de los ausentes, como en aquellos poemas escritos el día de ánimas (“Nunca como hoy toda la voracidad del tiempo en las ausencias”) o la exaltación de la libertad, representada en aquella brújula que marca todos los puntos cardinales pero “nunca hacia ningún lado”. A veces, esa libertad se tiñe de símbolos políticos como aquel martillo que abre “en la pared, un hueco para mirar el final de la intemperie” o la solidaridad con “el Chile lejano y torturado” de Pinochet.  Por supuesto, aparecen temas sociales (“¡Ay del horror a la última soledad de los abandonados!”) y el amor a su tierra aragonesa “curtida por ásperos paisajes desolados”. También tienen cabida algunos versos más socarrones, próximos a la greguería, como los que dedica al clavo ardiendo. Pero los verdaderamente sobrecogedores son los que hablan de su propia muerte. La vejez es para Labordeta como otoños interminables: “En el ocaso, mi cuerpo se cubrirá de mansas latitudes” y la muerte esconde su misterio insondable. Instalado en un desesperanzado escepticismo religioso, como se aprecia en el poema “Navidad”, sólo queda la certidumbre de que “nunca sabremos la soledad de nuestra propia ausencia. Es un consuelo magnífico y terrible”. El penúltimo poema reza: “Un día de estos ocultaré la puerta de mi casa a los vecinos y huiré, definitivamente, con los míos hacia la tierra prometida donde los hombres, liberados del tedio de ser hombres, plantan campos de miel sobre sus ojos. Un día de estos, si es que llega”. Y ya llegó. Ya llegó, Antonio Labordeta.

domingo, 19 de septiembre de 2010

58. El centenario olvidado de Luis Rosales

El pasado mes de junio, el profesor Javier Angosto escribía en el Diario de Teruel un enjundioso artículo titulado “Temarios cojos”. En él se quejaba de la criba que, a lo largo de los años se ha ido estableciendo en los planes de estudios de literatura. Un filtro cuyo criterio estaba más bien sujeto a consideraciones políticas que estéticas. Este fenómeno ha ido apartando de las aulas a determinados escritores, cuya presencia en las mismas resultaba, cuanto menos, inoportuna. Así, la Generación del 27 durante la dictadura o, en la actualidad, los escritores vinculados a la derecha. Por eso, todo el mundo sabe que este año es el centenario del nacimiento de Miguel Hernández y pocos se acuerdan de que también lo es el de Luis Rosales. Este poeta granadino no tiene un Serrat que le cante, ni un congreso internacional donde se discuta sobre su vida y obras, ni recibe apenas homenajes, salvando algún caso muy local, ni se le han hecho multitud de ediciones conmemorativas. Los medios de comunicación apenas  han dado difusión a la efemérides. Y, sin embargo, Luis Rosales es uno de los mejores poetas españoles del siglo XX. Su adscripción a la Falange durante la Guerra Civil le ha condenado al ostracismo. De poco parece haberle servido arriesgar su vida dando cobijo a Federico García Lorca en su propia casa o enfrentarse en el Gobierno Civil de Granada con el infame Ruiz Alonso al enterarse de la detención de Lorca durante su ausencia. Es más, como bien dice Javier Angosto en el mismo artículo, si La calumnia, obra que exculpa a Rosales de cualquier responsabilidad en la muerte de Lorca, la hubiera escrito alguien de derechas, en lugar de Félix Grande, todavía el lastre de la sospecha estaría amarrado a la figura de nuestro poeta. Luis Rosales representa, como hicieron otros, el proceso de rehumanización poética cuando las tesis de Ortega y la poesía pura de Juan Ramón Jiménez entraron en crisis. La vía que adopta Rosales para esta rehumanización es la religiosa, lejos, eso sí, de la pomposa retórica del nacional-catolicismo franquista. Así, el íntimo fervor de Abril (1935) y Retablo de Navidad (1940) o el panteísmo de algunos poemas de Segundo Abril (1972), como aquella hermosísima “Égloga de la soledad”, de raigambre garcilasista. La fase más esencial de su poesía la encontramos en La casa encendida (1949), Rimas (1951) y El contenido del corazón (1969). En ellas, Rosales raya en lo surrealista, introduce elementos cotidianos y busca la esperanza y la identidad en la recuperación de su pasado. También hallamos contenido social, como aquel “Tú sí los llamarás” de Rimas, donde el poeta se solidariza con los “muertos que enferman de los vivos / los muertos naturales” y poesía amorosa como en “El deshielo”, también de Rimas, que evoca el temor del poeta ante la posibilidad del final de una relación: “cuando despunte el sol, se hará el deshielo/que desate mi cuerpo sobre el agua”. En Diario de una resurrección (1979), Rosales experimenta la plenitud y renovación del vivir antes de convencerse en La carta entera (1984) del desamparo del hombre actual, incapaz de alcanzar la libertad total. En la sucinta semblanza que acabo de hacer de la obra de Luis Rosales, no caben todos los méritos y matices de este escritor cuya expresión poética alcanza complejidades que darían muchas páginas de análisis. Bástenos con recuperar su figura en este año de su centenario olvidado. Rosales, que nunca mostró gran afición hacia la política, sólo cometió el error de tener que elegir en una España donde obligatoriamente había que posicionarse. Esa fue la gran tragedia de muchos. Quizás cuando escribió “La voz de los muertos”, donde lloraba la desgracia de las dos Españas, ya presentía que también su voz acabaría siendo la de uno de ellos.

domingo, 12 de septiembre de 2010

57. Lope de Vega en el cine

Lope de Vega ha pasado de las tablas del siglo XVII a la gran pantalla del siglo XXI. Con ello se culmina la vieja aspiración del dramaturgo de convertirse en protagonista de sí mismo, como lo demuestran las múltiples composiciones donde Lope habla de su propia vida, literaturizando no pocas veces su figura y, por lo mismo, haciendo confusa para sus biógrafos la frontera entre la realidad y la ficción. La película, narra los años de juventud de Lope de Vega, incluyendo sus dos primeros amores conocidos, Elena Osorio e Isabel de Urbina, las Filis y Belisa de sus poemas, respectivamente, aunque en el caso de la primera también la hallamos bajo el nombre de Zaida o Celindaja. El director, Andrucha Waddington, ha querido ofrecernos una imagen más benévola del Fénix de los Ingenios, castigada muchas veces por la lógica intransigencia de quienes han visto en su desbordante vida amorosa, una indisculpalbe inmoralidad. Así, durante su relación con Elena Osorio, Lope no conoce la existencia del marido, el cómico Cristóbal Calderón, y cuando aparece en escena Perrenot (sobrino del cardenal Granvela) con el que el padre de Elena quiere casarla, Lope no soporta la humillación. Sin embargo, sabemos que Lope era consciente del adulterio y que, incluso, aceptó de la dama ayudas económicas procedentes de los regalos de Perrenot. Sí es verdad que más adelante compondría sus poemas difamatorios contra toda la familia de Elena, aunque seguramente, éstos circularían por Madrid como pliegos sueltos; la escena de la película en la que Lope lee las diatribas es improbable y exagerada y sólo se justifica si lo que se pretende es demostrar la complicidad y amparo de su público, que lo adoraba. Respecto a Isabel de Urbina, no conocemos que fuera pretendida por el marqués de las Navas, de quien Lope era secretario. Los versos que Lope le escribe para hacerlos pasar por obra del marqués deben ser un recuerdo de los que escribió, con el mismo fin, para el duque de Sessa, al que conoció mucho más tarde.

A Isabel la rapta (con el consentimiento de la dama) después de conocer la sentencia del destierro y no antes. Se casa con ella 5 meses después, en Valencia. Su estancia en Lisboa para alistarse en la Armada Invencible es anterior a la boda y con él no está Isabel, a quien parece que le fue infiel en la capital lusa. Por lo demás, la película recuerda aspectos conocidos de la vida de Lope, como su esfuerzo por reivindicar para sí un puesto en la nobleza; se trata de la escena en la que se cubre el féretro de la madre con el escudo nobiliario de las 19 torres, acto que realizó en realidad imprimiéndolo sobre la portada de su Arcadia (1598) y que fue motivo de aquellos mordaces versos de Góngora: “Por tu vida, Lopillo, que me borres / las diez y nueve torres del escudo , / porque, aunque todas son de viento, dudo / que tengas viento para tantas torres”. Sus ideas revolucionarias sobre la comedia están bien representadas, aunque se exageran las puestas en escena, cuya aparatosidad no llega hasta Calderón.

Por lo demás, la fotografía es bellísima, y crea escenas de claroscuro que representan el arte pictórico barroco como ya se hiciera en Alatriste. Existen pasajes muy emotivos como cuando Lope entra por primera vez en el corral de comedias de Velázquez y experimenta la llamada del teatro o las escenas donde se describe la intimidad de su escritura voraz. También cuando le ofrece a Isabel una de las piezas de su escribanía como anillo de compromiso, como un símbolo que vinculase obra y vida. La imagen final, galopando camino del destierro es también muy simbólica. Como un nuevo Cid de la literatura, Lope volvería a la corte, engrandecida ya su figura para toda la eternidad.